Déjame estar triste

Súper botella

 

Sentir, en general, es complejo. Tanto que, a veces no sabemos expresar fielmente lo que sentimos, mezclamos estados de ánimo con emociones, o no logramos identificar cuál predomina cuando se unen varias. Por algo ya decían que «casi todo el mundo piensa que sabe qué es una emoción hasta que intenta definirla. En ese momento prácticamente nadie afirma poder entenderla» (Wenger, Jones y Jones, 1962, pág. 3).

Es curioso que nos cueste definir y comprender algo que experimentamos a diario (con menos práctica seríamos expertos en cualquier otra cosa), aunque también es cierto que el mundo de las emociones está lleno de paradojas que fomentan esa confusión. Por ejemplo, hay quienes aún creen que el amor duele, ¿no es contradictorio sufrir por amor o pensar que de este al odio hay solo ‘un paso’ siendo tan opuestos? Y el caso del miedo, desde pequeños nos dicen que no hay que tener miedo cuando en realidad es un salvavidas innato al que tenemos que agradecerle en gran medida nuestra existencia (sin él, tendríamos los días contados). Con la tristeza pasan cosas más curiosas aún: la etiquetamos como si oscilara entre “triste”, “muy triste” y “profundamente triste”, sentimos que nos inunda cuando muchas veces la causa es un vacío y, aunque cumple todos los requisitos para lograr la empatía y comprensión de los demás, termina suscitando cosas tan dispares como la ira en ellos y la culpa en nosotros (la verdad es que para colmo también puede darse al contrario, pero no vamos a enredar más el asunto por hoy).

Siempre me he preguntado qué extraña fuerza nos impulsa a molestar a la gente triste. Sí, sí, molestar. Evitamos a quienes se enfadan porque asumimos que no van a estar enfadados toda la vida, que solo necesitan un poco de tiempo y espacio, pero en cuanto vemos a alguien un poco menos hablador de lo normal o ligeramente “apagado” como decimos coloquialmente, nos ponemos manos a la obra con un interrogatorio digno del FBI, sacamos la capa de superhéroes y entramos en algo parecido a una guerra con la tristeza. Es comprensible que ver triste a un ser querido nos genere gran impotencia, pero tenemos que reconocer que la tristeza ajena suscita en nosotros una necesidad de salvación inmediata que roza lo irracional. Por más que queramos, no podemos ‘reparar’ la emoción en el otro a la fuerza, ni obligarlo a dejar de estar triste, y mucho menos esperar que directamente se sienta feliz. Sin embargo, por muy exagerado que suene, es lo que pretendemos haciendo cosas tan absurdas como desvelarle la gran verdad universal de que estar triste y llorar no sirve para nada (créeme, ya lo sabe, no llora con el objetivo de solucionar lo que le pasa), o recordarle que hay gente con motivos lícitos para estar triste como estar muriéndose (no somos muy originales con esto de los ejemplos). Después de recordarle la inutilidad de llorar y de restarle importancia a sus motivos para estar triste, le enumeramos toooooodos los que tiene para ser feliz y sentirse agradecido. Genial, ya hemos conseguido que esté menos triste. Ahora se siente culpable, ¡nueva guerra!

Somos increíblemente intransigentes con la gente que queremos cuando está triste. De forma inconsciente y con la mejor de las intenciones, pero terminamos culpándolos por sentir, y además justo cuando menos lo necesitan. Olvidamos que a nadie le gusta estar triste pero que es lo normal tras una decepción, al recibir malas noticias, cuando las expectativas no se cumplen, etc., y no solo está justificado cuando alguien muere. El duelo NO tiene a la tristeza en exclusiva y estar triste NO es ser débil, es ser humano. ¿Por qué tanto miedo al miedo, a la ansiedad o a la tristeza? Si no les pedimos que no amen o que no lloren al reír, ¿por qué intentamos obligarlos a que no sientan otras cosas? Sentir es estar vivo -y viceversa-.

Como la idea de ser inteligentes nos gusta mucho, recordemos qué es eso de la inteligencia emocional que está tan de moda: «la habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud; la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional y la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual» (Mayer y Salovey, 1997, pág. 10). En otras palabras, ser inteligente no es sentir emociones positivas a tiempo completo, es estar abierto a lo que sentimos -nos guste más o menos-, es entender lo que nos pasa, lo que sienten los demás por poco que nos agrade, y aprovechar esa experiencia emocional para aprender y crecer. Si además de todo esto somos capaces de prolongar nuestros estados positivos y/o de acortar en el tiempo los negativos, bien podemos presumir de inteligencia. Eso sí, sin olvidar que toda experiencia emocional sigue un proceso que no podemos saltarnos cuando se trata de lo que no nos gusta, y mucho menos exigírselo a los demás. ¿A que no podemos resolver un problema de matemáticas sin entenderlo? Pues de la misma forma, no podemos reprimir, sustituir o gestionar las emociones sin pasar antes por un proceso de comprensión y/o aceptación, y eso, requiere un tiempo que además es diferente para cada persona.

Generalmente, el llanto acompaña parte de este proceso. Cuando empezamos a ser conscientes de que algo pasa, en el momento en que empezamos a aceptarlo, al contarle nuestra experiencia a alguien de confianza y escucharnos a nosotros mismos verbalizando ciertas cosas, etc., es normal que tengamos ganas de llorar. Creo que también lo es el hecho de que lloremos sin saber exactamente el porqué; a veces empezamos llorando por una cosa y terminamos llorando por varias, con la sensación de que es por todo y por nada. En cualquier caso, si nos tranquiliza, nos ayuda a liberar algo de tensión e incluso a colocar un punto y seguido al terminar de llorar, ¿por qué ese empeño de represión mundial de las lágrimas? Ver comprensible el llanto ante el dolor físico y no ante el dolor psicológico es una incoherencia.

No sé si se olvida o si directamente no todo el mundo es consciente de que no hay emociones buenas o malas. Todas cumplen una función importante en nuestra vida y la tristeza no es una excepción. ¿Y si la dejamos ‘trabajar’ un tiempo razonable? No martiricemos con nuestros ejemplos de lo bien que hemos salido de situaciones parecidas a quien se siente triste, no hay dos personas iguales que sienten exactamente lo mismo en situaciones calcadas. Tenemos que dejar que cada uno sienta, actúe y aprenda a su ritmo. La mayoría de las veces, aquel que está triste no te pide ayuda ni espera de ti soluciones mágicas, te cuenta cómo se siente buscando simplemente comprensión. Si eso es pedir mucho, solo escucha. Si eso también es demasiado, al menos respeta. Recuerda que todos tenemos como meta la felicidad y si alguien está triste no es porque le guste. Decía C. Jung: “La palabra feliz perdería su significado si no estuviese balanceada por la tristeza”. Si quieres ayudar, cuelga la capa de superhéroe salvador, escúchale con paciencia, dale un abrazo y nunca nunca nunca le pidas que no sienta. Sería como pedirle que no respire.

 

 

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A. Pilar Pacheco Unguetti.

Doctora en Psicología, Psicóloga Forense, Psicóloga General Sanitaria y Experta en Psicología Clínica Aplicada.
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