Emociones al portador

Emociones al portador

 

Sentir está de moda. Tanto es así, que a veces me pregunto si no estaremos esforzándonos en exceso por experimentar y expresar emociones que realmente no sentimos. ¿A qué me refiero? A los 30 emoticonos de caritas tristes que enviamos en respuesta a un comentario que no nos ha conmovido lo más mínimo, a los miles de besos que se pierden en Internet, a la experiencia increíblemente apasionante e inolvidable de comerse unos simples cereales, etc. En definitiva, a esa auto-imposición de sentir mucho y muy intenso que nos lleva a algo parecido a liquidar el interior de nuestro corazón como si cada día fuera el último de rebajas. Sentir no es malo, no quiero que se me malinterprete, pero las emociones son ‘resultado de’ y se dan ‘con objeto de’, sentir por sentir como pretendemos no es adaptativo por muy chic que nos lo vendan.

Este anhelo nuestro por ser emocionalmente inteligentes es relativamente nuevo. Durante siglos, aspiramos a ser lo suficientemente inteligentes como para bloquear el sentir (ya, lo sé, aunque según de qué forma querer evolucionar supone involucionar). En aquellos tiempos de extrema sensatez -¡y drama!-, las emociones se consideraban meros residuos de instintos básicos que nos dominaban e incitaban a pecar. Con algunos matices, pero la idea más extendida era que la razón, el conocimiento, la mente, etc., estaban en conflicto con el corazón, las pasiones, los impulsos, las emociones… Esta lucha de poder, como seres superiores que somos, debía ganarla la razón a toda costa, así hubiera que bloquear las emociones que nos nublaban el juicio (“mente fría” para apagar el “corazón cálido”), o posponerlas para expresarlas en privado siempre y cuando no las dejáramos guiar nuestro comportamiento.

Lo cierto es que, tan absurdo era el extremo antiguo como el moderno. ¿Dónde está lo racional e inteligente en el hecho de salir de una cueva, ver un oso, y pararse a calcular la probabilidad exacta de que nos coma? El miedo, el instinto de supervivencia, la reacción de huida, todo lo que podría considerarse ‘irracional’ es justo lo que nos ha salvado la vida durante siglos. Ahora bien, de querer enterrar las emociones más básicas, a alarmarnos por no sentir nada al ver a tal persona, o a pretender que los olores, la comida, los deportes, las tazas con mensajes … todo lo que nos rodea sea susceptible de conmovernos intensamente, distan siglos. Irvin D. Yalom, en su libro “El día que Nietzsche lloró” estuvo más que acertado al escribir: “Estamos más enamorados del deseo que de lo que deseamos” (p. 284). Sentir nos hace falta, cierto, pero porque sentimos por y para algo/alguien, no por el mero hecho de sentir.

No es extraño vernos envueltos en la búsqueda de aquello que ya tenemos sin saberlo. Supongo que perder ‘el hoy’ es el precio que pagamos por vivir en ‘el mañana’. Anhelamos cosas, experiencias, personas a nuestro lado que creemos nos darán la tan ansiada felicidad, cuando posiblemente nos aportarán algo parecido a lo que ya tenemos y cuyo verdadero valor aún ignoramos. Con las emociones pasa igual, queremos sentir muchas pero aún nos cuesta gestionar algunas e incluso identificarlas en el día a día. ¿Acaso somos conscientes de que cuando recordamos, cuando pensamos, cuando percibimos, cuando aprendemos, cuando tomamos decisiones… también sentimos? ¡Pues lo hacemos! Queremos fabricar y comprar más emociones pero, ¿para qué? No se trata de sentir mucho, se trata de sentir de verdad.

Esto de falsificar emociones no puede acabar bien 🙁 Al final, vivir esforzándonos por sentir cosas que no nos nacen nos decepciona a todos. Ahora resulta que si un mensaje no lleva cinco muñequitos sonrientes es mentira o nos pasa algo, que nuestros amigos tienen tiempo para escribir cuánto nos quieren en un chat y hablar durante horas pero no para tomarse un café cuando necesitamos su apoyo, y que está de moda abrazar árboles y meditar para mandar amor al mundo pero no lo está sujetar la puerta del ascensor para que entre el vecino con la compra… En parte, entiendo que en el pasado consideraran inteligente lo de no sentir mucho, ¡ni con siglos de práctica hemos aprendido a querer a la cara!

Mi fin último era incitar a huir de los extremos y reivindicar el valor de las emociones auténticas. Esas que nacen con una mirada, con un abrazo, con silencios; las que te impulsan a luchar por lo quieres y por lo que no, las que te cambian los esquemas … las de verdad. Tenemos muchas oportunidades para sentir bonito y original en el día a día, ¿por qué las dejamos pasar para fabricar copias? Sentir no es un pecado como nos hicieron creer durante siglos, tampoco es un privilegio para los que pueden pagar cereales apasionantes, zapatillas que nos llenan de orgullo y cojines con mensajes de amor. Sentir es, además de adaptativo, algo especial. Yo diría que demasiado como para andar regalando amor en cheques al portador o para ir por la vida enfadándose con cualquiera. No pongamos el corazón en oferta para comprar una vida emocionante, hagámosla emocionante.

 

 

A. Pilar Pacheco Unguetti.

Doctora en Psicología, Psicóloga Forense, Psicóloga General Sanitaria y Experta en Psicología Clínica Aplicada.

Todos los derechos reservados. Código de registro: 1603096836028

 

 

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