Las mariposas tuvieron su crisis

Crisis = Cambio = Oportunidad

 


Leí hace poco un cartelito en una puerta que decía: “Crisis = Cambio = Oportunidad”. Me pareció bonito que se dotara de un matiz esperanzador a una palabra tan cargada de connotaciones negativas. Es cierto que cuando uno está inmerso en una crisis personal y tiene esa sensación extraña de ingravidez, como de ir cayendo más y más al vacío, no suele ser muy creativo en cuanto a las cosas positivas que le reportará a medio-largo plazo. Sin embargo, ni el balance final es tan malo, ni vivimos en una caída libre eterna.

¿Alguna vez te ha jugado una mala pasada un último escalón furtivo? La experiencia es breve pero similar. Por un instante de esos que se dilatan, la incertidumbre nos hace pensar que caeremos muchos metros a no sabemos dónde. ¡Menudo susto! Al final, resulta ser un escalón más, tan necesario como el resto, pero no deja de ser uno más. La incertidumbre debería ser la base de la esperanza, pero es el núcleo de la ansiedad. Este es uno de los motivos por los que no nos gustan las crisis, las asociamos a una etapa de cambios, inseguridades y pérdidas. De lo que no somos conscientes, al menos hasta que no pasa el tiempo necesario como para poder mirar atrás, es de que parte de esos cambios ya formaban parte de nuestras fantasías, y muchas de esas pérdidas no resultaron ser de valor, sino más bien el exceso de equipaje con el que caminamos por el mundo.

¿Quién no ha aprovechado el caos de una crisis para romper algunas normas auto-impuestas? ¿A quien no le ha servido como prueba de fuego para identificar a sus amigos de verdad? ¡Incluso los cambios de casa sirven para tirar trastos inútiles! Cargamos con demasiados “amigos” de adorno, con un sinfín de “deberías” que nos impiden ser libres, con trabajos y actividades con las que no nos identificamos en absoluto, con sueños aplazados… Es normal que, en algún momento de nuestra vida, tomemos conciencia de que estamos sitiados en medio de una vida que parece no pertenecernos, que empecemos a escuchar cómo nuestro corazón nos grita pidiendo lo que le falta, y que esas necesidades alimenten la urgencia de cambio. Darse cuenta de eso es como llegar a un punto de no retorno en el que uno asume que hay decisiones que no pueden esquivarse siempre (de hecho, “crisis” deriva del verbo griego “krinein” que significa “decidir”). ¿Que hay pérdidas? Puede, pero es necesario apostar algo para que exista la posibilidad de ganar, ¿no?.

Supongo que la forma de entender las crisis depende, entre otras muchas cosas, de su origen. No percibimos ni enfrentamos igual una crisis desencadenada por acontecimientos externos que demandan un cambio importante en nuestra vida (por ejemplo, la ruptura de una pareja, un despido laboral, una enfermedad grave), que esas crisis que solemos llamar existenciales y resultan básicamente de la negativa a vivir de puntillas. Lo que sí es común, es que todas nos ofrecen la oportunidad de transformar varias esferas de nuestra vida, de abandonar pesos, apegos, e incluso de conocer verdades que eran inaccesibles de no ser por esa etapa. ¡Cuántas cosas descubrimos gracias a las crisis! El valor de la compañía, la magia de una palabra de aliento, las verdaderas prioridades, nuestra resiliencia, el amor incondicional, etc.

Ver la parte positiva de las cosas no implica negar sus dificultades. Está claro que sentirse un extraño en tu propia vida no es fácil, pero tenemos que reconocer que si no fuera por estos tiempos de transición en que nos encontramos perdidos, muchos no corregiríamos una ruta que nos está llevando a ninguna parte. Lo absurdo de esto es el motivo, no nos gusta reconocer que hemos cambiado de idea, de objetivos, o que las cosas que antes nos hacían felices ya no lo logran. Pero, ¿dónde está el problema? Vivir en un continuo cambio conlleva la reformulación de preguntas, la necesidad de derribar metas obsoletas, ideas antiguas, de soñar distinto, de crecer…

“No tengas miedo de ser la persona en la que te has convertido”, nos recomienda Albert Espinosa en “El mundo amarillo”. Cambiamos con la vida y ésta no viene en un molde, la vamos construyendo nosotros con nuestras experiencias, aprendizajes, preferencias, relaciones, metas, crisis, etc. Sabiendo esto, estaría bien que hiciésemos un esfuerzo para adoptar una actitud más abierta al cambio. ¡Seamos más flexibles! Nos guste o no, tendremos que readaptarnos y reinventarnos muchas veces más. ¿Acaso la oruga no tiene que aprender a volar al tornarse mariposa? Mi recomendación es que, cuando te sientas caer, aproveches la oportunidad para aprender a volar. Posiblemente nunca te hará tanta falta.

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Toñi Pacheco Unguetti.  Doctora en Psicología , Psicóloga Forense, Psicóloga General Sanitaria  y Experta en Psicología Clínica Aplicada.

Centro de Psicología en Plaza San Isidro, 1, 1ºF. CP18012. Granada.

Código de registro: 1604057152164

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