Me perdono

Me-perdono

 

Muchos de nosotros nos hemos preguntado alguna vez la razón por la que soportamos ciertas cosas en el pasado, aún siendo conscientes de que solo nos causaban dolor. Una relación de pareja que ahora consideramos era tóxica, algún familiar que aprovechó egoístamente esa condición, el amigo que nos defraudó repetidamente, un trabajo en el que no nos sentíamos realizados o en un ambiente hostil, etc., y el mismo tipo de preguntas al mirar atrás: «¿Cómo pude ser tan tonto?»«¿Qué más me tenía que pasar para que me diera cuenta?», «¿En qué momento me perdí y dejé de ser yo?», «¿Por qué no puse fin antes a tanto sufrimiento?» …

Romper vínculos o hacer cambios drásticos en nuestra vida no suele ser fácil. Por un lado, implica asumir algunas pérdidas al dejar atrás lugares, rutinas, personas que fueron importantes en el pasado, e incluso renunciar –aunque sea temporalmente- a algunos sueños. Por otro lado, nos obliga a enfrentarnos a la incertidumbre del futuro, algo para lo que no siempre encontramos la fuerza y el apoyo necesarios. El resultado de mirar atrás con pena y adelante con ansiedad y/o miedo es que “lo malo conocido” va pesando cada día más, llevándonos a adoptar el mal hábito de aguantar y aguantar aferrados a la falacia de un cambio milagroso venidero. Pero, ¿qué conseguimos haciendo nada y esperando mucho? Dilatar lo inevitable, aumentar daños, sumar desilusiones y perder tiempo (un tiempo que además parece que no pasa, se arrastra).

Lo bueno de que nada es eterno es que si no ‘rompemos’ con ciertas cosas, antes o después ellas mismas nos rompen. ¿Dónde está lo bueno ahí? En que al rompernos, de alguna forma despertamos y huimos hacia adelante [Nota mental: cuando no estamos en condiciones de luchar y la prioridad es ponerse a salvo, huir NO es de cobardes como dicen]. Es poco probable que cuando soñábamos con poner fin a algo y empezar de cero nos imaginásemos haciéndolo de esta forma, así, un poco perdidos y con la sensación de ir recogiendo pedacitos de proyectos, ilusiones, experiencias compartidas … pedacitos de vida al fin y al cabo; pero está claro que el simple hecho de tener que recomponernos ya es más de lo que estábamos haciendo antes -que era nada-. Así que huimos, sí, pero al hacerlo por fin también avanzamos.

Esa huida hacia delante nos aleja de lo que no queríamos, pero nos coloca en algo parecido al limbo. Me refiero a que por más que nos recuerden que ya pasó, que borrón y cuenta nueva, bla, bla, bla, y por más que nos urja olvidar, no podemos borrar el pasado y empezar un proyecto, una relación o una ‘vida nueva’ de un día para otro. Es fundamental que dediquemos tiempo a reflexionar, comprender, asimilar cambios en nosotros, en el entorno, y que nos enfrentemos a esa realidad que ‘desde dentro’ no fuimos capaces de ver de forma objetiva. Esta fase es muy personal, hay quien “se viene arriba” desde el primer momento dispuesto a construir una muralla con sus propias ruinas (no caigamos en la simpleza de restarle por ello dolor a su experiencia pasada), y hay quien se sienta cómodamente a esperar su recompensa divina (esto es otra falacia, la vida NO tiene que compensarnos obligatoriamente por haberlo pasado mal). Lo que sí es común y bastante probable es que antes o después acabemos decepcionados y enfadados con nosotros mismos como resultado de juzgar inconscientemente lo que hicimos/no hicimos/permitimos ayer desde el hoy. Sí, es bastante absurdo cuando uno lo lee, pero cuando estamos en el limbo lo hacemos continuamente.

Utilizar la información que ahora tenemos sobre las consecuencias de haber aguantado para culparnos no es para nada justo, tampoco lo es valorar comportamientos o ideas pasadas desde el punto de vista de quienes somos hoy porque no somos la misma persona. Haciendo esto solo conseguimos atormentarnos y caer en una mezcla de enfado-vergüenza-tristeza-culpa difícil de gestionar. El problema es que no solo no somos objetivos a la hora de juzgarnos, es que ni siquiera somos capaces de hacer algo que además de obvio debería ser obligatorio: perdonarnos. Piénsalo, ¿te has pedido perdón alguna vez?

“Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el padre celestial los perdonará a ustedes. Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco el padre les perdonará a ustedes” (Mateo 6, 14-15); “Si no perdonas por amor, perdona al menos por egoísmo, por tu propio bienestar” (Dalái Lama). Podría poner muchos más ejemplos de frases así pero para guay ya está la wikiquote. Me limitaré entonces a resaltar que, desde pequeños, diferentes religiones, líderes espirituales, nuestros familiares, educadores, etc., nos aleccionan de forma subconsciente en las obligaciones de pedir perdón y concederlo, pero nadie nos enseña la maravillosa bondad de perdonarnos a nosotros mismos. ¡¡¿Cómo pueden olvidar algo tan importante?!!

Perdonar es un proceso que lleva tiempo. Supongo que al principio nos resistimos porque pensamos que así estamos justificando o quitándole importancia a lo que ocurrió, nos hicieron o permitimos, pero no tiene porqué ser así. Hay experiencias que no vamos a olvidar nunca, pero podemos recordarlas con rabia y dolor, o recordar la moraleja. ¿Vamos a quedarnos con lo que hemos aprendido para no tropezar de nuevo o a impedirnos caminar? Básicamente, se trata de lograr extraer la enseñanza y pasar página, no de arrancar la página del libro.

Hay muchas cosas que ahora haríamos de forma diferente, vale, pero es que en la distancia todos somos muy originales imaginando alternativas. La cuestión es que si podemos estar seguros de algo, es de que no quisimos hacernos daño y de que todo lo que hicimos/no hicimos era lo que consideramos mejor en ese momento, y ayer no es hoy. ¿Qué tal si hacemos uso de esa empatía maravillosa y nos ponemos en nuestro propio lugar del pasado? Seguro que si nos examinamos con un poco más de cariño y condescendencia, llegamos un día a poder mirarnos al espejo sin reproches y a perdonar a nuestro yo anterior. Nos lo merecemos.

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A. Pilar Pacheco Unguetti.

Doctora en Psicología, Psicóloga Forense, Psicóloga General Sanitaria y Experta en Psicología Clínica Aplicada.

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